Mi primera inmersión fotográfica fue a los 10 años, en una visita al zoo. Allí gasté mi primer carrete en inmortalizar delfines.

Con ese primer revelado descubrí la magia de desvelar lo que estaba oculto y, poco a poco el objetivo y la captura de imágenes se convirtieron en mi vocación.

Tras mi paso por la Escuela de Fotografía y Centro de Imagén (EFTI), donde también cursé un máster en Representación y Documentación,

debuté en el mercado laboral de la mano de diversos estudios haciendo reportajes de bodas y eventos. Ahí transité de lo analógico a lo digital.

Aunque también he trabajado como cámara de televisión en varios medios nacionales, desde hace siete años, y a raíz de mi maternidad, 

eché raíces en Toledo y me hice artesana de la fotografía.

Mi máxima, la de Steve Mccurry: "Si sabes esperar, la gente se olvidará de tu cámara y entonces su alma saldrá a la luz". De ahí que huya del posado y de lo artificial para capturar esas miradas o pequeños detalles, tan efímeros, que incluso escapan a nuestra retina.

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